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por Klauss van Damme |
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KSO es un caso, un caso aparte. Un artista pendiente e independiente. O tal vez dependiente. Porque sí, depende de su obra para hacerse a sí mismo. O puede que dependa de sí mismo para hacer su obra. De sí mismo y de algunas personas que le sirven de espejo, en las que se ve reflejado. Espejo de espejos que el artista observa con mirada atenta y profunda, sintiendo en cada latir el pálpito de la vida, de su vida. Su obra es sencilla. Sencillamente dura. Hermosa. Desgarradora. Bella. Como un poema. Como los poemas que a veces escribe mientras pinta, a intervalos. O como las músicas que salen en la soledad de su guitarra, como los descalabros sonoros que produce cuando a su casa se acercan los colegas del alma. Esos que le entienden, o que al menos entienden una parte de su vida, bien porque hayan crecido juntos, o porque la vida, o tal vez el azar, ha hecho algo para que se conocieran, para que sintonizaran. Y eso hace. Eso hacen. O lo intentan.
Pero KSO es un caso, un caso aparte. Lo suyo es la Pintura. Así, con mayúsculas. Así lo demuestra una vez más con el magnífico autorretrato que, aún con el óleo a medio secar, cuelga ahora en las paredes de La Calcografía. Y en otros pintados en otros tiempos y con diferentes técnicas. Todos ellos hacen de KSO un caso, un caso aparte. Una obra imprescindible. Un referente ineludible que sin duda dejará una huella poética a su paso por Salamanca. Un Caso.
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